sábado, 7 de abril de 2007

SALMO DE LA SOLIDARIDAD

Aquí estoy, metido en un mundo confuso y tenso.
Este mundo, Señor, de los hombres en que vivo.
Esta sociedad agitada y nerviosa, cansada y dura donde sólo viven y tienen derechos los fuertes.
Esta sociedad, Señor, llena de injusticias,
donde la ley del hampa es
la mentira hecha verdad.
donde la ley de la selva es
el látigo hecho poder,
donde la ley del amor se
ha hecho ley de violencia,
donde la ley se ha hecho norma a base de abuso.
Aquí estoy, Señor, queriendo ser libre en mi utopía, amurallado,
cercado, perseguido,
en callejón sin salida.

Quiero ser libre. Quiero vivir desde mis raíces;
ser yo mismo;
tener mi originalidad.
Quiero abrir y dar las manos a los hombres
a mi paso;
hacer de la amistad
la ley de mi vida;
hacer de la sencillez
el clima para
vivir en fraternidad
Quiero abrir camino
paso a paso
sin perder mi identidad.

No quiero quedarme solo. No quiero venderme
a nadie.
Yo creo, Señor Jesús,
en la utopía que
nos dejaste;
en la alternativa,
en el desafío de
la Comunidad.
Me resisto a vivir solo.
Yo busco, Señor,
la solidaridad.

No me gusta, Señor Jesús,
esta sociedad que
he recibido.
No acepto sus sistemas, ni sus estructuras
opresoras.
No quiero entrar en el juego de sus tentáculos.
Mi protesta, Señor, contra lo viejo, lo gastado.
Mi grito, Señor, es contra
la ley que esclaviza
al hombre.

Quiero cambiar mi vida.
Quiero fuerza interior para cambiar el mundo.
Quiero empeñarme, comprometerme en el mundo de los que sufren;
dejar de decir sólo palabras y mojarme
en hechos
Quiero vivir en mi carne el dolor de los hombres rotos;
'sobrevivir' con los que sobreviven apenas;
saber lo que es vivir con ritmo de muerte continua.
Quiero ser voz del hombre amordazado. Y manos del amarrado.
Quiero ser el grito de los hombres que mueren
en la noche.

Aquí estoy, Señor Jesús, con las manos abiertas
a la ayuda;
con el corazón cercano al
que sufre;
queriendo ser no violento.
Aquí estoy, Señor, para aprender que solo el amor cambia la vida;
para denunciar sin odios las injusticias;
para llevar esperanzas al
hombre pisoteado.

Señor Jesús, yo sé que tu vida se complicó
demasiado.
Yo sé que luchaste por la paz y la justicia y
la libertad;
que lo diste todo por el amor y la verdad;
que perdonaste y devolviste la dignidad humana a muchos hombres.
que viviste entre marginados y asumiste su vida.
Yo sé que proclamaste que Dios era Padre para ellos;
que llamaste a vivir en tu Reino a los hombres
de corazón roto;
que fuiste sincero, verdadero, transparente.
Yo sé que no te entendieron, que te quedaste solo.

Yo sé que te acorralaron los poderosos y te
condenaron;
que te metieron en la cárcel y te sentaron en
el banquillo;
que te clavaron en un madero como un maldito;
que te mataron para que las cosas siguiesen igual.
Yo sé que tu muerte fue un fracaso. ¡Un fracaso!

Pero yo sé que tú diste la vida con amor;
que tu vida, tu estilo de vida, no podía quedar
en el sepulcro;
que tu Padre,
Señor de la Historia,
te levantó, te puso en pie.
Yo sé que resucitaste.
Lo sé. Y creo en ti,
SEÑOR RESUCITADO.

viernes, 6 de abril de 2007

TARDE DE VIERNES SANTO

Tu vida se veía destruida,
pero tú alcanzabas la plenitud.
Aparecías clavado como un esclavo,
Pero llegabas a toda la libertad.
Habías sido reducido al silencio,
pero eras la palabra
más grande del amor.

La muerte exhibía su victoria,
pero la derrotabas para todos.
El reino parecía desangrarse contigo,
pero lo edificabas
con entrega absoluta.
Creían los jefes
que te habían quitado todo,
pero tú te entregabas
para la vida de todos.

Morías como un
abandonado por el Padre,
pero él te acogía
en un abrazo sin distancias.
Desaparecías
para siempre en el sepulcro,
pero estrenabas
una presencia universal.

¿No es sólo apariencia de fracaso
la muerte del que se entrega a tu designio?

¿No somos más radicalmente libres,
cuando nos abandonamos en tu proyecto?

¿No está más cerca nuestra plenitud,
cuando vamos siendo despojados en tu misterio?

¿No es la alegría tu última palabra,
en medio de las cruces de los justos?


Benjamín González Buelta

jueves, 5 de abril de 2007

ACTO DE ABANDONO AL PADRE


Padre, me pongo en tus manos.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que sea, te doy las gracias.

Estoy dispuesto a todo.
Lo acepto todo,
con tal de que tu voluntad
se cumpla en mi
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más Padre.

Te encomiendo mi alma,
te la entrego
con todo el amor de que soy capaz,

porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

Charles de Foucauld